Leyendo el Qur’an

Ensayo del Profesor Tariq Ramadán publicado el 6 de enero del 2008 en el Sunday Book Review del  New York Times

Para los musulmanes el Quran constituye el Texto de referencia, la fuente y la esencia del mensaje transmitido a la humanidad por el Creador. Es la última de una larga serie de revelaciones dirigidas a los seres humanos a través de la historia. Es la Palabra de Dios – pero no es Dios. El Quran da a conocer, revela y guía: es una luz que responde a la búsqueda de sentido. El Quran es la reminiscencia de todos los mensajes anteriores, el de Noé y el de Abraham, el de Moisés, el de Jesús. Al igual que ellos, recuerda y enseña a nuestra conciencia que: la vida tiene sentido, los hechos son signos. Es el Libro de todos los musulmanes del mundo. Paradójicamente, sin embargo, no es el primer libro que debería leer alguien que intenta conocer el Islam (la vida del profeta o cualquier libro que presente el Islam serían una mejor introducción), porque es un Libro extremadamente simple y a la vez profundamente complejo. La naturaleza de las enseñanzas espirituales, humanas, históricas y sociales que se pueden extraer de él puede ser entendida a distintos niveles. El Texto es uno, pero sus lecturas son múltiples.

El Quran habla de una manera singular para la mujer o el hombre cuyo corazón ha hecho propio el mensaje del Islam. Es a la vez la Voz y el Camino. Dios habla a su ser más íntimo, a su conciencia, a su corazón, y lo guía hacia el camino que lleva a conocerLo, a reunirse con El: “Este es el Libro, al respecto no puede haber ninguna duda, este es el Camino para aquellos que son conscientes de Dios”.  Más que un simple texto, es un compañero de viaje que se recita, se canta o se escucha.

A lo largo del mundo musulmán, en las mezquitas, en los hogares y en las calles, uno puede escuchar voces magníficas recitar las Palabras divinas. En este caso, no hay distinción entre los eruditos religiosos (ulemas) y los hombres comunes. El Quran habla a cada uno en su lengua, de manera accesible, para coincidir con su inteligencia, su corazón, sus preguntas, su alegría y también su dolor. Esto es lo que los ulemas han denominado leer y escuchar como un acto de adoración. Cuando los musulmanes leen o escuchan el Texto, se esfuerzan por impregnarse de la dimensión espiritual de su mensaje: más allá del tiempo, más allá de la historia y de los millones de seres que pueblan la tierra, Dios está hablando y recordándo, invitando, orientando, aconsejando y ordenando a cada uno de ellos. Dios le responde, a ella o a él, en su propio corazón: sin intermediarios, en la más profunda intimidad.

No hay necesidad de estudios y diplomas, de maestros y guías. Aquí, al dar nuestros primeros pasos, Dios nos atrae con la sencillez de su cercanía. El Quran es de todos, sin distinción ni jerarquía. Dios responde a quien viene a su Palabra. No es raro observar mujeres y hombres, pobres y ricos, educados y analfabetos, orientales y occidentales, quedarse en silencio, mirando a lo lejos, perdidos en sus pensamientos, dando un paso atrás, llorando. La búsqueda de sentido se ha encontrado con lo sagrado, Dios está cerca: “De hecho, estoy al alcance de la mano. Rsepondo a la llamada de quien me llama cuando él o ella llama”.

El diálogo ha comenzado. Un diálogo intenso, permanente, constantemente renovado entre un libro que habla de la infinita simplicidad de la adoración al Único, y el corazón que hace un esfuerzo intenso, necesario para liberarse, para encontralo. El Quran se encuentra en el centro de todo corazón que lucha. Ofrece paz e inicia en la libertad.

De hecho, el Quran se puede leer en varios niveles, en ámbitos muy distintos. Pero primero, el lector debe ser consciente de cómo se ha construido el Texto. El Quran fue revelado en secuencias de longitud variable, a veces como capítulos enteros (suras), en un lapso de 23 años. En su forma final, el texto no sigue un estricto orden cronológico ni temático. Hay dos cosas que sacuden inicialmente al lector: la repetición de las historias proféticas y las fórmulas y la información que hacen referencia a situaciones históricas específicas que el Quran no aclara. La comprensión, en este primer nivel, requiere un doble esfuerzo por parte del lector: aunque la repetición es, en un sentido espiritual, una reminiscencia y una revivificación, en un sentido intelectual nos conduce a intentar una reconstrucción. Las historias de Adán y Eva o de Moisés, se repiten varias veces con elementos diferentes, aunque no contradictorios: la tarea de la inteligencia humana es recomponer la estructura narrativa para reunir todos los elementos de forma que nos permita comprender los hechos.

Pero también hay que tener en cuenta el contexto al que se refieren estos hechos: los comentaristas de las escuelas de jurisprudencia, sin distinción, coinciden en que ciertos versículos del Texto revelado (en particular, pero no exclusivamente los que se refieren a la guerra) hablan de situaciones concretas que surgieron en el momento de su revelación. Sin tener en cuenta la contingencia histórica, es imposible obtener una información general sobre los diferentes aspectos del Islam. En estos casos, nuestra inteligencia es invitada a observar los hechos, para estudiarlos en referencia a un entorno específico y deducir sus principios. Es una tarea exigente que requiere estudio, especialización y extrema precaución. O para decirlo de otra manera, una modestia intelectual extrema.

El segundo nivel no es menos exigente. En primer lugar, el texto del Quran es la difusión de un mensaje cuyo contenido tiene, sobre todo, una dimensión moral. En cada página vemos cómo toman forma la ética, las bases, los valores y la jerarquía del Islam. En este sentido, es probable que una lectura lineal  desoriente al lector y dé lugar a incoherencias, e incluso a contradicciones. En nuestros esfuerzos para determinar el mensaje moral del islam es conveniente abordar el texto desde otro ángulo.  Aunque las historias de los profetas se han extraído de narraciones repetitivas, el estudio de las categorías éticas nos exige, en primer lugar, abordar el mensaje en su sentido más amplio, para deducir los principios y valores que conforman el orden moral. Los métodos que se aplican en este segundo nivel son exactamente opuestos a los del primero, pero lo completan, lo que hace posible que los estudiosos de la religión pasen de la narración de una historia profética a la codificación de su enseñanza espiritual y ética.

Pero queda un tercer nivel, que exige una inmersión intelectual y espiritual total en el texto y en el mensaje revelado. En este caso, la tarea consiste en obtener las prescripciones islámicas que rigen los asuntos de la fe, de la práctica religiosa y de sus preceptos fundamentales. En un sentido más amplio, la tarea consiste en determinar las leyes y normas que posibiliten a todos los musulmanes tener un marco de referencia sobre las obligaciones, las prohibiciones, las cuestiones esenciales y  secundarias tanto de la práctica religiosa, como los de la esfera social. Una simple lectura del Quran no es suficiente: es necesario el estudio de las ciencias del Quran y también es esencial el conocimiento de parte de la tradición profética. No se puede aprender a rezar solamente leyendo el Quran, tenemos que recurrir a la tradición profética auténtica para determinar las reglas y los movimientos corporales de la oración.

Como podemos ver, este tercer nivel requiere un conocimiento singular y la competencia que sólo puede adquirirse mediante el estudio extenso y exhaustivo de los textos, su entorno y, por supuesto, de la íntima relación entre la tradición clásica y secular de las ciencias islámicas. No sólo es peligroso, sino básicamente erróneo generalizar sobre lo que los musulmanes deben y no deben hacer en base a una simple lectura del Quran. Algunos musulmanes, adoptando un enfoque literal y dogmático, se han enredado en interpretaciones completamente falsas e inaceptables de los versículos del Quran, para lo cual no poseen los medios y, en ocasiones ni la inteligencia, que les permitan ponerlas en la perspectiva del mensaje general. Algunos orientalistas, sociólogos y comentaristas no musulmanes siguen su ejemplo, mediante la extracción de ciertos pasajes del Quran que luego se detienen a examinar con un total desprecio de las herramientas metodológicas empleadas por los ulemas.

Más allá de estos distintos niveles de lectura, hay que tener en cuenta las diferentes interpretaciones formuladas por la gran tradición islámica clásica. No es necesario decir que los musulmanes consideran el Quran como la revelación divina final. Pero volviendo a la experiencia directa de los compañeros del profeta, siempre ha estado claro que la interpretación de sus versos tiene un carácter plural, y siempre ha existido una diversidad de lectura aceptada entre los musulmanes.

Algunos han afirmado falsamente que debido a que los musulmanes creen que el Quran es la palabra de Dios, la interpretación y la reforma son imposibles. Se cita esta creencia como una razón por la cual no se puede aplicar un enfoque histórico y crítico al texto revelado. El desarrollo de las ciencias del Quran -las herramientas metodológicas formadas y manejadas por los ulemas y la historia del comentario qur’anico– demuestran que esta conclusión no tiene fundamento. Desde el principio, los tres niveles antes mencionados han dado lugar a un enfoque cauteloso de los textos que obliga a quien asume la tarea a estar en armonía con su época y  renovar su comprensión. Muy a menudo las lecturas retrógradas, dogmáticas y momificadas, no reflejan al Autor del Texto, sino la inteligencia y la psicología de la persona que lo lee. Así como podemos leer la obra de un autor humano, desde Marx a Keynes, con una mentalidad cerrada y rígida, también podemos acercarnos a la revelación divina de una manera similar. En su lugar, deberíamos ser críticos y tener una mente abierta e incisiva. La historia de la civilización islámica nos ofrece amplias pruebas de ello.

Cuando nos relacionamos con el Quran, no es apropiado ni útil trazar líneas de separación entre los enfoques del corazón y los de la mente. Todos los maestros de estudios coránicos sin excepción, han enfatizado la importancia de la dimensión espiritual como un complemento necesario a la investigación intelectual del significado del Quran. El corazón posee su propia inteligencia: “¿No tienen corazones con los que entender?,” el Qur’an se dirige a nosotros, como señalado que la luz de la inteligencia por sí sola no es suficiente. La tradición musulmana, desde los especialistas en la ley hasta los místicos sufíes, no han dejado de oscilar entre estos dos polos. La inteligencia del corazón derrama la luz mediante la cual la inteligencia de la mente observa, percibe y deriva el significado. Como palabra sagrada, el texto contiene mucho de lo que es evidente, pero también contiene los secretos y lo silencios que la cercanía a lo divino revela a la inteligencia humilde, piadosa y contemplativa. La razón abre el libro y lo lee – pero lo hace en compañía del corazón, de la espiritualidad.

Para la conciencia y  el corazón de los musulmanes, el Quran es el espejo del universo. Lo que los primeros traductores occidentales, influidos por el vocabulario bíblico, tradujeron como “verso” significa, literalmente, “signo” en árabe. El Libro revelado, el Texto Escrito, se compone de signos, al igual que el universo, como un texto abierto ante nuestros ojos, abunda en estos mismos signos. Cuando la inteligencia del corazón – y no solo la inteligencia analítica – lee el Quran y el mundo, los dos se hablan el uno al otro, dialogan entre sí, cada uno habla del otro y del Uno Único. Los signos nos recuerdan el significado del nacimiento, de la vida, del sentimiento, del pensamiento, de la muerte.

Sin embargo, el eco es más profundo, y convoca a la inteligencia humana a comprender la revelación, la creación y su armonía. Así como el universo tiene sus leyes fundamentales y su orden finamente regulados -que los seres humanos, dondequiera que se encuentren, deben respetar al actuar sobre su entorno- el Quran establece leyes, un código moral y un conjunto de prácticas que los musulmanes deben respetar, cualquiera sea su época y su entorno. Estas son las invariantes del universo, y del Quran. Los eruditos religiosos utilizan el término qat’i (“definitivo”, “no sujeto a interpretación”) cuando se refieren a los versos del Quran (o de la tradición profética, hadices), cuya formulación es clara y explícita y no ofrece margen para la interpretación figurativa. De igual manera, la misma creación se basa en leyes universales que no podemos ignorar. La conciencia del creyente equipara los cinco pilares del Islam a la ley de la gravitación universal: constituyen una realidad de la tierra más allá del espacio y el tiempo.

Así como el universo está en constante movimiento, rico en una infinita diversidad de especies, seres, civilizaciones, culturas y sociedades, también esta es la condición del  Quran. En la latitud de la interpretación ofrecida por la mayoría de sus versos, por la generalidad de los principios y acciones que se promulga en materia de asuntos sociales, por los silencios que se ejecutan a través de él, el Quran permite a la inteligencia humana comprender la evolución de la historia, la multiplicidad de lenguas y culturas, y por lo tanto insinuarse en las sinuosidades del tiempo y los paisajes del espacio.

Entre el universo y el Quran, entre estas dos realidades, entre estos dos textos, la inteligencia humana debe aprender a distinguir las leyes fundamentales y universales de los modelos circunstanciales e históricos. Esta inteligencia debe mostrar humildad en la presencia del orden, la belleza y la armonía de la creación y de la revelación. Al mismo tiempo debe administrar de manera responsable y creativa sus propios logros o interpretaciones, que son fuentes de extraordinario éxito, pero también de la injusticia, la guerra y el desorden. Entre Texto y contexto, la inteligencia del corazón y la facultad analítica establecen normas, reconocen una estructura ética, producen conocimiento, alimentan la conciencia, desarrollando iniciativa y creatividad en todas las esferas de la actividad humana.

Lejos de ser una prisión, o una restricción, la revelación es una invitación a la humanidad a reconciliarse con su esencia más profunda, y encontrar allí tanto el reconocimiento de sus limitaciones como el extraordinario potencial de su inteligencia y de su imaginación. Someternos al orden de El Justo y de su eternidad es comprender que somos libres y estamos plenamente autorizados para reformar las injusticias que se encuentran en el corazón del orden o el desorden de todo lo relacionado con la temporalidad humana.

El Quran es un libro tanto para el corazón como para la mente. En su cercanía, una mujer o un hombre que posee una chispa de fe conoce el camino a seguir, conoce sus propias insuficiencias. No hace falta un sheij, un hombre sabio, un confidente. En última instancia, el corazón sabe. Esto fue lo que el Profeta respondió cuando se le preguntó acerca de los sentimientos morales. A la luz de la Escritura, dijo: “Pregunta a tu corazón.” Y si nuestra inteligencia se adentra en la complejidad de los diferentes niveles de lectura, desde la ética aplicada a las reglas de la práctica, no debemos olvidar nunca vestirnos con la modestia intelectual que sólo revelará los secretos del Texto. Porque “no son ciegos los ojos, sino los corazones dentro de los pechos”. Un corazón, humilde y alerta, es el fiel amigo del Quran.