El Islam: guía básica

Abderramán Mohamed Maanán

bismil-lâhi r-rahmâni r-rahîm

Jameh_Mosque_of_Isfahan

Según una Tradición musulmana (hadiz), Allah, el Creador de cuanto existe, ha dicho: “No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me abarca el corazón del ser humano que se abre hacia Mí”.

Este hadiz es, sin duda, la mejor introducción a lo que es el Islam. Según esas palabras, Allah es el Inmenso Eterno que no puede ser contenido por nada, ni tan siquiera por los cielos ni la tierra en toda su vertiginosa grandeza, pero a su vez nos enseña que por dentro, el ser humano es tan grande que llega a albergar en sí al Infinito.

El ser humano, encerrado dentro de estrechísimos márgenes, condicionado en todo momento por su ubicación en el espacio y el tiempo, atado a mil circunstancias, posee un espacio propio, un tiempo personal y unas circunstancias interiores que son absolutos, y es en ese universo carente de medidas donde se encuentra con el Impensable, con su Señor, con Allah.

A Allah se le niegan límites y se le afirma una naturaleza inasequible. Eso es lo que se hace con Él en el Islam para convertirlo en un desafío a la inteligencia, de modo que ésta, al buscar algo imposible se abre a su propia capacidad infinita, agigantando al ser humano, transformándolo en algo, a su vez indefinible. En el Islam no se cuentan historias acerca de Allah, simplemente se le presenta al ser humano como reto, el cual, al ser asumido, precipita al hombre por el abismo de su propio secreto interior.

En realidad, de lo que se nos está hablando, es del carácter absolutamente insaciable de la criatura humana. El musulmán acepta el vértigo al que lo invita su propia naturaleza, y no busca consuelos con los que rellenar su vacío, sino que profundiza en él hasta allí donde lo conduzca. En lugar de contemplar con rechazo su abismo interior, acepta su terrorífica inmensidad y hace de ese infinito suyo, un reto en el que desea descubrir su Verdad, a la que el Islam llama Señor, porque es el que lo rige en cada momento sin dejarse percibir. Por eso se dice de Él que es Sutil.

La búsqueda de Allah consiste en un proceso de simplificación, de purificación si queremos utilizar otro término. El ser humano, buscando su Verdad, buscando a su Señor, comienza a desechar los ídolos que ha fabricado por miedo precisamente, a enfrentarse con ese abismo que presiente en sí. Busca satisfacciones y consuelos que acaban por defraudarlo. Cuando su angustia es radical, o bien se hunde en su desconsuelo, o bien se pone en marcha para buscar la autenticidad, asumiendo su vacío. El Islam comienza con un acto de negación desidolatrizador. Es necesaria la simplificación que elimina todo lo ficticio, es imprescindible esa purificación emancipadora. Sólo así nos asomamos verdaderamente a ese vacío interior que nos exige ser colmado.

El musulmán dice: “La ilaha illa Allah“, No hay más verdad que Allah, y se deshace con esta frase de todas las mentiras y derriba todos los ídolos, vacía completamente su mundo, un mundo que tapaba ante él ese hueco infinito suyo.

¿Qué significa La ilaha illa llah? Significa que todos los ídolos que hemos imaginado son insuficientes para llenar nuestra ansiedad y nuestra insaciabilidad. A partir del momento en que se dice La ilaha illa llah, se destruyen los ídolos que se tenían y se renuncia a fabricar otros nuevos. Simplemente nos asomamos al vacío y esperamos. Ahora bien, este empeño desidolatrizador no es fácil. No consiste en una declaración teórica. Debe ser llevada hasta sus últimas consecuencias. Es asumir la desolación, aceptarla, e insistir en ella con entereza hasta su último momento destructor.

Por todo ello, la palabra Islam significa rendición absoluta, claudicación ante Allah. El Islam es conducir hasta su extremo esa búsqueda desmitificadora que desmonta todas las seguridades del ser humano enfrentándolo a su nada más absoluta. En este sentido, la espiritualidad musulmana es aterradora. Efectivamente, busca engendrar en nosotros un miedo espantoso que nos hunda en la puesta de nuestro último sol. El musulmán aprende a perderle miedo a ese miedo. Sabe que ese miedo apagará todos sus miedos insignificantes. A ese terror ante Allah se le llama en árabe Táqwa. Y los que lo padecen son llamados muttaqin, los hombres verdaderos.

Pero decíamos que todo lo anterior es algo inoperante si se deja tan sólo a un nivel teórico. Hay que provocarlo. El Islam nos enseña a precipitarlo a base de insistencias, a base de llamar una y otra vez a las puertas de Allah, y, así, las prácticas del lslam (las ‘Ibâdas) no son sino continuos aldabonazos.

Las ‘Ibâdas o prácticas que el Islam enseña, están cargadas de intención, y para ser válidas, las tienen por condición indispensable. La Niyya o intención, es la que hace de esas prácticas algo efectivo. Es querer llegar a Allah lo que verdaderamente conduce hasta Él. Por ello, siempre el primer paso consiste en enfocar el corazón hacia Allah, sumergirlo en Él, forzar su atención dirigiéndola a la inmensidad que no tiene límites, enfrentar nuestro ser a la libertad en la que está cimentado. Una vez realizado el acto de Niyya, pueden empezar a darse los pasos.

En estos folios queremos bosquejar lo fundamental de esas prácticas- ’Ibâdas que realizan los musulmanes. Esto exige una explicación preliminar. La frase La ilaha illa llah nos ha servido de introducción a la visión general que tienen los musulmanes de lo que es lo Real: no hay más verdad que Allah, y comienzan su búsqueda. Es decir, las prácticas van a complementar esa intuición primera. Las ‘Ibâdas ya no son una negación, sino una afirmación. Son la afirmación de la capacidad del hombre para llegar a Allah, la afirmación de que puede llegar al extremo de lo que implica la primera frase. Lo que la completa es otra fórmula: Muhámmadun rasûlu llâh, Muhammad es el Mensajero de Allah. ¿Qué significa esta segunda frase fundamental del Islam? Significa que existe una senda hacia Allah. Los musulmanes han aceptado la senda enseñada por Sidna Muhammad (sálla llahu ‘aláihi wa sállam), y que es la que queremos describir muy sucintamente aquí.

Sidna Muhammad (sálla llahu ‘aláihi wa sállam) va a ser nuestro maestro y nos inserta en una Tradición tan antigua como el hombre. A esa Tradición o Senda se la llama Tawhîd o Camino de la Unidad o de la Reunificación. Es decir, no vamos a ir a ciegas. No vamos a hacer de nuestro arbitrio un camino. Precisamente, deseamos ser rigurosos. Mucho podríamos decir acerca de Sidna Muhammad (sálla llahu ‘aláihi wa sállam) pero bástenos decir aquí que la fórmula Muhámmadun rasûlu llah significa nuestra afirmación de la validez de la vía que vamos a seguir. En ella veremos que no hay otra cosa que una constante insistencia en lo que se ha dicho más arriba, preparándonos para asumir a Allah, preparándonos para el encuentro con nuestro Señor interior. Porque está libre de otras adherencias, encontramos que es válida para el fin que nos hemos propuesto. En ella sólo hay simplificación, sinceridad pura. Esta segunda frase simplemente es consecuente con lo que vamos a hacer, es una reafirmación de la seriedad de nuestra intención y de nuestro Arte o Ciencia.

La pronunciación de la Shahâda, es decir, de la doble frase, Lâ ilâha illâ Allâh Muhámmadun rasûlu llâh, es el requisito para empezar en el Islam y en sus prácticas. La Shahâda consiste en una negación y en una afirmación esencial. Es así como empezamos el proceso. Y la recordaremos constantemente, afianzándonos en su significado.

La Shahâda tiene muchísimos más matices, pero aquí sólo queremos señalar el más inmediato. Y la primera ‘Ibâda consistirá también en su pronunciación, de ahí que se diga que es el primer pilar del Islam.

Como primer pilar del Islam, la Shahâda articula todo el resto. Es la necesaria clarividencia con la que nos iniciamos sobre la senda. Recordémoslo así: Lâ ilâha illâ llâh es orientarnos hacia Allah perdiendo de vista cualquier otra cosa, Muhámmadun rasûlu llâh es empezar a dar pasos en esa dirección según una Tradición. O podemos decirlo así: con Lâ ilâha illâ llâh rechazamos a los dioses, con Muhámmadun rasûlu llâh comenzamos a buscar a Allah, a la Verdad. O bien: Lâ ilâha illâ llâh es el camino. Muhámmadun rasûlu llâh es el guía.

TAHARA

Tahâra es la purificación necesaria a la que hemos aludido y es indispensable para empezar en el camino. Se corresponde a la primera parte de la Shahâda. Con la Tahâra realizamos en acto, la simplificación que nos abre hacia Allah a la vez que renunciamos a lo que no somos y a lo que no es Él. Esta reproducción física de lo que queremos, es una forma de hacerlo participar íntegramente en nuestro deseo. No marginaremos ninguna parte de nuestro ser. Por ello, el Islam insistirá en que se realice frecuentemente.

A – La primera Tahâra que haremos será el Ghusl. Consiste en:

  1. Declarar nuestra intención diciendo: bísmi llah, con el nombre de Allah, es decir, absolutamente entregados a Él.
  2. Bañamos por entero con el deseo de que ese baño nos reintegre por completo en Allah.
  3. Pronunciar al final la Shahâda.

El Ghusul debe hacerse:

  1. Para iniciarse en las prácticas del Islam.
  2. Después de las relaciones sexuales.
  3. Una vez acabada la menstruación. (1)
  4. Se aconseja todos los viernes por la mañana.

B – No obstante, las abluciones más frecuentes son a las que se llama Wúdu.

  1. Decir: bísmi llâh.
  2. Lavarse tres veces las manos.
  3. Enjuagarse tres veces la boca.
  4. Lavarse tres veces la nariz, aspirando un poco de agua y expulsándola.
  5. Lavarse tres veces la cara.
  6. Lavarse tres veces el brazo derecho, desde la mano al codo.
  7. Lo mismo con el izquierdo.
  8. Pasarse las manos mojadas por el pelo, desde la frente a la nuca y a la inversa, sólo una vez.
  9. Lavarse las orejas, una vez.
  10. Lavarse el pie derecho hasta los tobillos, tres veces.
  11. Lavarse el pie izquierdo hasta los tobillos, tres veces
  12. Pronunciar la Shahâda.

El Wúdu debe hacerse antes del Salat. Un Wúdu sólo se rompe quedando invalidado:

  1. Cuando se realizan necesidades físicas (defecar, orinar, despedir gases).
  2. Cuando se duerme.
  3. Cuando se sufre una hemorragia. (2)

Es decir, un Wúdu puede seguir siendo válido para varios Salats si no se han dado las circunstancias anteriores, aunque se aconseja renovarlo para cada Salat.

Ejemplos: si se han mantenido relaciones sexuales, deberemos hacer un Ghusl, no bastando el Wúdu. Si después del Ghusl lo rompemos con otra práctica sexual, deberemos repetirlo. Si sólo se dan algunas de las circunstancias que rompen el Wúdu, bastará con un Wúdu. Es decir, cada Tahâra tiene su campo de efectividad que habrá que tener en cuenta.

Es bueno mantenerse en estado de Tahâra constantemente, incluso si no se va a hacer el Salat. También es muy aconsejable estar en estado de Tahâra antes de tocar un ejemplar del Corán o bien para recitarlo, o bien para entrar en una mezquita. Durante la menstruación, una mujer deberá esperar a que se le pase el período, estando exenta del Salat y del ayuno mientras dure.

C – Es importante señalar lo siguiente:

Se llama estado de Tahâra aquél al que se accede una vez realizado convenientemente el Ghusl o el Wúdu, según corresponda. Y se llama ÿanâba o Naÿâsa al estado anterior. Sería tentador traducirlos por estado de pureza e impureza respectivamente, pero no se trata de eso. En el Islam no se consideran impuras o negativas las prácticas sexuales, defecar, dormir, desmayarse o sufrir una hemorragia. Se considera que esas circunstancias implican o simbolizan un trastorno del que hay que recuperarse. En cierta manera, la Tahâra se corresponde al acto de despertar de todo aquello que entretiene o altera la atención y la vigilia del corazón enfocándolo decididamente hacia Allah. Esta es su simbología espiritual que hay que respetar no extrapolando su significación a sentidos que no tiene en absoluto. Y ello implica que esos distintos estados de Tahâra o Naÿâsa deben ser vigilados para hacer de esa atención todo un gesto de intención que haga efectiva nuestra andanza hacia Allah. Repetir las abluciones cuando sea necesario y mantener viva la atención educa en una sensibilidad necesaria que nos hará permeables ante Allah en todo momento.

D – Existe una tercera ablución que puede sustituir las dos anteriores cuando se da el caso de que no se encuentre agua, sea escasa o no se pueda usar porque se esté enfermo u otra circunstancia. A esta ablución seca se la llama Tayámmum. Se realiza con tierra limpia o con una piedra lisa sin pulir:

El Tayámmum se hace antes del Salat y queda inmediatamente anulado, teniéndolo que repetir antes del siguiente Salat.

SALAT

El Salat es la ‘Ibada más importante. Todo lo anterior ha sido simplemente preparatorio, ha sido irnos acondicionando para una verdadera inmersión en las implicaciones del Islam.

El Salat representa ponerse ante Allah, y es consumirse en la inmensidad. Una vez nos hemos simplificado con las abluciones, nos encontramos con el vacío y estamos dispuestos a lanzarnos a él, sin arrastrar nada que perturbe nuestra contemplación y rendición ante Allah.

En esta introducción a las ‘Ibadas hablaremos exclusivamente de lo imprescindible del Salat, que es un tema relativamente complejo. Sólo queremos ofrecer un manual de urgencia para quien quiera empezar ya, aunque más adelante deberá profundizar si desea alcanzar la perfección en este arte.

Antes de empezar el Salat, deberemos tener en cuenta lo siguiente:

1 – Que sea el momento. El Salat no se realiza en soledad, sino con el universo entero porque lo que buscamos es la Unidad más absoluta. Debemos esperar la confluencia del todo, y ello es simbolizado por instantes especiales, que son cinco.

  • El amanecer (Subh).
  • El mediodía solar (Zuhr).
  • La tarde (‘Asr).
  • El ocaso (Maghrib).
  • El principio de la noche (‘Ishâ).

Estos son los cinco momentos en que debe hacerse necesariamente el Salat. Debe hacerse justo en ese momento o poco después, pero nunca antes. Hacerlo antes es como entrar sin permiso.

2 – El momento es anunciado con una llamada a la que se llama Adzân. Si se escucha el Adzân debe ser repetido en voz baja cada vez que el que lo da acabe una frase, que son:

Allâhu ákbar.

Allah es más grande, cuatro veces.

Ash-hadu an lâ ilâha illâ llâh, Doy fe de que no hay más verdad que Allah, dos veces.

Ash-hadu ánna Muhámmadan rasûlu llâh.

Doy fe de que Muhammad es el mensajero de Allah, dos veces.

Háyya ‘ala s-salâh. Acudid al Salat, dos veces. En lugar de esta frase, el que la escucha dice en silencio: lâ háula wa lâ qúwwata illâ billâh. No hay fuerza ni poder más que en Allah.

Háyya ‘ala l-falâh. Acudid a la felicidad, dos veces. Al oírlo decir lo mismo que en el caso anterior.

Allâhu ákbar, dos veces.

Lâ ilâha illâ llâh, una vez.

El Adzân se hace en las mezquitas, o en cualquier lugar si se quiere, pero sólo lo pronuncia en alto una persona, limitándose el resto a repetirlo en silencio. El que da el Adzân está reproduciendo lo que hizo el Profeta, es decir, convocar a la humanidad, por ello debe responderse a su llamada.

3 – Una vez ha llegado el momento, puede empezarse el Salat. Pero el Salat debe hacerse en dirección a la Ka‘ba, es decir, mirando hacia Meca. Desde Andalucía, ésta se encuentra hacia el este con una inclinación hacia el sur. Si fuera absolutamente imposible determinar esa dirección, el Salat se realizará hacia allí donde nos indique nuestra intuición más sincera.

Es importante que nuestro Salat confluya con el de todos los musulmanes porque en todos coincide la búsqueda de lo mismo.

A esta dirección se la llama Qibla, y en las mezquitas está marcada por un nicho (Mihrâb) situado en el muro que esté en esa orientación.

4 – El Adzân fue la llamada para convocar a los musulmanes al Salat, una vez que se esté dispuesto a hacerlo, habrá que hacer una nueva llamada para el establecimiento concreto del Salat, para empezarlo. Esta segunda llamada se llama Iqâma, que significa establecimiento, y quiere decir que se va a empezar inmediatamente el Salat. Si se está en grupo, lo hace uno cualquiera, sin que se tenga que repetir sus frases como se había hecho anteriormente. Si se está solo, hay que hacerlo obligatoriamente, al contrario de lo que sucedía con el Adzân.

Las frases de la Iqâma son:

Allâhu ákbar, dos veces.

Ash-hadu an lâ ilâha illâ llâh, una vez.

Ash-hadu ánna Muhámmadan rasûlu llâh, una vez.

Háyya ‘ala s-salâh, una vez.

Háyya ‘ala l-falâh, una vez.

Qad qâmati s-salâh, dos veces, y significa: Ha sido stablecido  el Salat.

Allâhu ákbar, dos veces.

Lâ ilâha illâ llâh, una vez.

5 – Una vez llegado el momento, establecida la orientación y el Salat y en perfecto estado de Tahâra, se puede comenzar el Salat, pero conviene tener en cuenta lo siguiente:

  • a) Una vez empezado el Salat no puede interrumpirse.
  • b) Se evitarán gestos ajenos al Salat, como volver la cabeza hacia los lados, saludar a alguien, o cualquier otro movimiento brusco que no sean los que pertenecen estrictamente al Salat.

Es necesario ser consciente de que, una vez empezado el Salat se está en otra parte y ya no en este mundo. Si no se sabe esto, no se está haciendo nada. De pie, sobre tu alfombrilla, con el cuerpo dirigido hacia Allah, lo dejas todo atrás y concentras tu corazón en Allah, y una vez lo has concentrado de forma radical, comienzas el Salat sin que nada pueda perturbarte. Si es necesario para una mejor concentración, cierra los ojos, pero mirando hacia el suelo, hacia el lugar en el que vas a depositar la frente.

¿CÓMO SE HACE EL SALAT?

El Salat consiste en una confluencia de intención, actos y palabras, es decir, corazón, cuerpo y razón (traducida por tu lengua). Debes dejar atrás todo salvo lo que eres, y con todo lo que eres, te presentas ante Allah.

Hemos dicho que hay cinco Salats que son los más importantes. Cada uno de ellos se compone de un determinado número de series de posturas. Una serie de posturas se llama rak‘a. Empezaremos por describir cómo se hace una rak‘a.

Una rak‘a consiste en la sucesión de las siguientes posturas:

1. Se comienza de pie, erguido, perfectamente orientado hacia la Qibla. A esta postura  se la llama Qiyâm.

2. La siguiente postura consiste en inclinarse hacia adelante hasta llevar las manos a las rodillas. A esta postura se la llama Rukû‘.

3. La tercera postura consiste en incorporarse y recuperar la postura erguida.

4. La cuarta postura consiste en arrodillarse y llevar la frente al suelo, situando las manos en paralelo a la cabeza, sosteniendo el cuerpo en las puntas de los dedos de los pies, las rodillas, las manos y la frente. A esta postura, la más omportante del Salat, se la llama primer Suÿûd.

5. La quinta postura consiste en sentarse sobre los talones de los pies situando las manos sobre las rodillas. A esta postura le la llama Yulûs.

6. Desde la postura anterior, volver a repetir el Suÿûd, es decir, la postura cuarta (segundo Suÿûd).

7. Incorporarse para empezar una nueva rak‘a.

Esta es la estructura básica de una rak‘a, y como dijimos cada Salat tiene un número distinto de ellas:

  1. El Subh tiene dos.
  2. El Zuhr tiene cuatro.
  3. El ‘Asr tiene cuatro.
  4. El Maghrib tiene tres.
  5. El ‘Ishâ tiene cuatro.

A lo largo de cada una de esas posturas se dicen cosas, que es lo que deberemos aprender a continuación:

1- El Qiyâm o postura erguida.

Para empezar, se lleva las manos a la altura de las orejas y se dice: Allâhu ákbar. Con estas palabras se empieza el Salat, declarando la inmensidad de Allah y ausentándonos a todo lo que no sea Él.

Inmediatamente, se llevan las manos a la altura del pecho o el abdomen y se coloca la derecha sobre la izquierda. Ha llegado el momento de empezar la recitación del Corán (Qirâ-a).

Primero, antes de empezar la Qirâ-a o recitación, se dice: a‘ûdzu billâhi min ash-shaitäni r-raÿîm, que significa que se busca refugio en Allah contra todo lo dañino y todo lo que aparte de Él.

Inmediatamente, se recita la al-Fâtiha, el primer capítulo del Corán que consiste en siete breves versículos, cuyo texto daremos al final de este trabajo. La al-Fâtiha habrá de ser recitada al principio de cada rak‘a, siendo su recitación imprescindible. Después de la al-Fâtiha se recitará otro fragmento del Corán, cualquiera. Esta segunda recitación se hará solamente en la primera y segunda rak‘a; si el Salat en cuestión tuviera más de dos rak‘as, en las restantes se recitará sólo la al-Fâtiha.

Estas recitaciones se realizarán en voz baja, salvo en las rak‘as del Subh y en las dos primeras del Maghrib y el ‘Ishâ.

Una vez acabadas estas recitaciones, nos inclinamos hacia adelante, diciendo Allâhu ákbar, hasta adoptar la postura de Rukû‘.

Esa renuncia a todo comienza a doblegarnos ante Allah, nos inclina, y siempre ante la Grandeza de Allah (Allâhu ákbar, Dios es grande sin medida) nos inclinamos modestamente reconociendo la supremacía de nuestro Señor interior. Poco después, en las mismas circunstancias, nos envolvemos por completo, adoptando una postura, el Suÿûd, que implica esa absoluta claudicación ante Allah. Se ha dicho que es la postura cumbre del Salat, ya que, el que está haciendo el Salat ha desaparecido ante Allah, y no sólo su mundo. Por ello, en esa postura definitiva habla de la inmensidad impensable de Allah que se alza por encima de todas las cosas, cuando el que hace el Salat precisamente se ha hundido en la tierra.

No obstante, esa no es la postura definitiva. De ella se recupera para sentarse. Y esa es la postura del sabio, del que está tranquilo y en paz, ni de pie desafiante ni anulado en la claudicación.

Y todas estas posturas el ser humano las repite, porque insiste en ellas queriendo desvelar el secreto que aguardan. Hasta que al final, retorna a su mundo cotidiano con un saludo de paz.

PRIMERAS PRÁCTICAS

Hemos dicho que existen cinco Salats que son los que deben hacerse en momentos puntuales. Esos Salats son los más importantes. Pero a parte de ellos, un musulmán puede hacer los que quiera, siempre en grupo de dos rak‘as. Estos Salats voluntarios son muy simples, ya que no van precedidos de Adzân ni Iqâma, la recitación se hace siempre en voz baja.

A estos Salats voluntarios los llamaremos Súnnas o Nâfilas. Y aunque se pueden hacer en cualquier momento son especialmente recomendados:

  • Al entrar en una mezquita a modo de saludo.
  • Antes y después de cada Salat de los señalados como más importantes, pues cada uno de ellos es como si fuera una perla que debiera estar guardado en un cofre. Ese cofre son dos rak‘a antes y dos después.
  • Estos Salats voluntarios son especialmente recomendados por la noche bien entrada, y más aún durante las noches de Ramadán (Tarâwîh).

Repasemos todo lo dicho aplicándolo a dos rak‘as como primeras prácticas antes de empezar con los cincos Salats. Nos servirán para ir cogiendo soltura.

  1. Realizar el Ghusl o el Wúdu.
  2. Orientarse hacia la Qibla.
  3. Empezar la primera rak’a diciendo: Allâhu ákbar mientras se levantan las manos hasta la altura de las orejas (en el caso de los hombres, para las mujeres hasta los hombros)*
  4. Bajar las manos y colocarlas sobre el pecho, la derecha sobre la izquierda (también se pueden poner de la misma manera sobre el abdomen para los hombres y con los brazos extendidos al costado del cuerpo)*
  5. Recitar la al-Fâtiha y un fragmento del Corán.
  6. Inclinarse hacia adelante diciendo: Allâhu ákbar.
  7. Inclinado, decir tres veces: subhâna rábbi l-‘azîm.
  8. Incorporarse diciendo. sami‘a llâhu liman hámidah, rábbanâ wa laka l-hamd.
  9. Una vez derecho, arrodillarse y llevar la frente al suelo diciendo: Allâhu ákbar
  10. Postrado, decir tres veces: subhâna rábbi l-a‘lá
  11. Sentarse sobre los talones diciendo: Allâhu ákbar
  12. Volver a decir Allâhu ákbar mientras se vuelve a poner la frente en el suelo. 
  13. Postrado, decir tres veces: subhâna rábbi l-a‘lá
  14. Levantarse diciendo: Allâhu ákbar
  15. Repetir todo lo dicho desde el punto 5 al 14, y en lugar de levantarse al final, volver a sentarse sobre los talones diciendo: Allâhu ákbar 
  16. Sentado, recitar el Tashahhud
  17. Volver la cabeza a la derecha diciendo: as-salâmu ‘aláikum, y hacia la izquierda, diciendo lo mismo.

Así es como se realizan dos rak‘as, y que podemos efectuar en cualquier momento.

Una vez acabadas podemos empezar a hacer Dzikr, si lo deseamos. El más fácil es repetir 99 veces Lâ ilâha illâ llâh y al final, como número cien, decir: Muhámmadun rasûlu llâh, y en silencio: sallá llâhu ‘aláihi wa sállam.

Después, levantamos las palmas de las manos y hacemos Du‘â pidiendo a Allah lo que queramos, reconociendo así nuestra absoluta sujeción y necesidad de Él.

SÛRAT AL-FÂTIHA

Revelada en Meca, 7 versículos

1. bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

2. al-hámdu lil-lâhi rábbi l-‘âlamîna

Alabanzas a Allah, el Señor de los mundos,

3. r-rahmâni r-rahîmi

el Rahmân, el Rahîm,

4. máliki yáumi d-dîn

el Rey del Día de la Retribución.

5. iyyâka ná‘budu wa iyyâka nasta‘in

Sólo a ti reconocemos y sólo a ti pedimos ayuda.

6. ihdinâ s-sirâta l-mustaqîma

Guíanos al Sendero Recto,

7. sirâta l-ladzîna án‘amta ‘aláihim

el Sendero de aquéllos a los que has favorecido,

gáiri l-magdûbi ‘aláihim wa lâ d-dâ:llîn

no el de los que son objeto de la ira, ni el de los errados.

SÛRAT AL-IJLÂS

Revelada en Meca, 4 versículos

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

1. qul huwa llâhu áhad

Di: Él es Allah Único,

2. Allâhu s-sámad

Allah el Irreductible,

3. lam yálid wa lam yûlad

no ha engendrado ni ha sido engendrado,

4. wa lam yákun lahû kúfuan áhad

y no tiene igual.

SÛRAT AL-FÁLAQ

Revelada en Meca, 5 versículos

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

1. qul a‘ûdzu bi-rábbi l-fálaqi

Di: Me refugio en el Señor del alba

2. min shárri mâ jálaqa

contra el mal de lo que ha creado,

3. wa min shárri gâsiqin idzâ wáqaba

contra el mal de la oscuridad cuando se desliza,

4. wa min shárri n-naffâzâti fî l-‘úqadi

contra el mal de las que soplan en los nudos,

5. wa min shárri hâsidin idzâ hásad

contra el mal del envidioso cuando envidia.

SÛRAT AN-NÂS

Revelada en Meca, 6 versículos

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

1. qul a‘ûdzu bi-rábbi nâsi

Di: Me refugio en el Señor de las gentes,

2. máliki n-nâsi

el Rey de las gentes,

3. ilâhi n-nâsi

el Ilâh de las gentes,

4. min shárri l-waswâsi l-jannâsi

contra el mal del Murmurador que retrocede,

5. l-ladzî yuwáswisu fî sudûri n-nâsi

el que murmura en los pechos de las gentes,

6. min al-ÿínnati wa n-nâs

ya sea del número de los ÿinn, o de las gentes.

Notas de Halaqa:

  • (1) Después de terminar el período del sangrado postparto.
  • (2)Cuando se pierde el conocimiento, cuando se vomita, por locura temporal o embriaguez

*Actualmente muchos musulmanes y musulmanas ignoran que hay algunas diferencias en las posturas del salat completamente válidas y autorizadas desde siempre en el Islam. La que causa más perplejidad es la postura de los brazos.

 

La Ciencia de los Nombres: al-Quddûs

 Abderrahmán Muhámmad Maanán

(fuente: Musulmanes Andaluces)

gertrud ritz

El Nombre de Allah Quddûs se suele traducir por Santo, pero quizás sea más correcto el término Insondable

Entre los Nombres de Allah figura el de al-Quddûs, que desborda ampliamente todo intento de explicación. Es más, pretende precisamente sumergirnos en una radical perplejidad ante la Verdad que nos hace ser, señalándonos Su desproporción, su inasequibilidad. Incluso nos somete a aparentes contradicciones, pues su función es también la de subrayar nuestra insuficiencia ante la Verdad Absoluta, la escasez de nuestros recursos para abarcarla en el entendimiento. Al-Quddûs es Allah al margen de todos los intentos de apresarlo en definiciones, por bienintencionados que sean. Lo podemos traducir por el Insondable. Es un Nombre que nos habla de la grandeza infinita de Allah y, por otro lado, de nuestra incapacidad para imaginarla. Asumir nuestro fracaso ante Allah será la clave para comprender las implicaciones más íntimas de este Nombre de Majestad y Dominio. Quddûs es Allah en Su inasibilidad: Él es Señor de todas las cosas, y a Él nada lo somete, ni tan siquiera el entendimiento más agudo.

Sin embargo, el Nombre de Allah Quddûs se suele traducir por Santo, pero quizás sea más correcto el término Insondable. Efectivamente, Quddûs no es una palabra con la que se pueda describir en árabe otra cosa que no sea la realidad incontenible del Uno-Único. Nadie, aparte de Allah, es Quddûs. Si aceptáramos la traducción por Santo incurriríamos en colisión con este aspecto fundamental de la palabra: en árabe, se reserva exclusivamente para la Verdad Hacedora de todas las cosas, Presente pero esencialmente inaprensible. No se trata de santidad, sino que Quddûs sugiere el carácter ininteligible de lo que Allah es, se trata de Su inefabilidad que está más allá de lo que el lenguaje humano es capaz de expresar. Del término Santo o Sagrado sólo aceptaríamos su alusión a una dimensión misteriosa, a una naturaleza incomprensible, matices que están en ese Nombre árabe.

Quddûs es un muy noble calificativo que nos habla de la Identidad de Allah, de Su Dzât, de Su Esencia indefinible, de Su Secreto Remoto, de Su absoluta incomprensibilidad, ahí donde nada sirve para hacerse una idea de lo que Él es, ahí donde no hay términos para Su Grandeza, Su Infinitud, Su Belleza deslumbrante. Es Allah en Sí Mismo, en la tersura de Su Verdad, ante el que sólo cabe rendirse pues nuestros recursos no llegan ni a los aledaños de lo que Él es.

Este Nombre es el antídoto contra todo intento de reducir a Allah a medidas, de ponerle límites, de someterle a la reflexión o al entendimiento. Él es la Verdad dominante que nada ni nadie puede pretender poseer. Él es radicalmente distinto a cualquier conclusión a la que lleguemos, y esto es de trascendental importancia. Se trata de un Nombre cuya significación predomina sobre el sentido que queramos darle a cualquier otro de Sus Nombres. Es el misterio depositado en el fondo de cualquier expresión con la que el Corán o la Sunna nos acerquen a Allah. Cuando creamos haber “entendido” a Allah, inmediatamente debe venirnos a la memoria que su auténtica condición es la de al-Quddûs, y la humildad se nos impondrá como corrector que nos evitará el gurûr, la soberbia en la que con frecuencia incurre el que supone haber conocido a Allah. El gurûr, esa soberbia propia del que considera haber alcanzado la verdad, es un velo cegador que impide avanzar en el conocimiento de Allah, que no tiene final. Y esa arrogancia tiene en el Nombre al-Quddûs su freno, pues reduce a la nada toda pretensión y sume a la inteligencia en la perplejidad. Ante Allah-Quddûs no vale nada, salvo llevar la frente al suelo dejando atrás todas las certezas y seguridades, que se deshacen ante la Presencia impredecible del Uno-Único, abarcador de todas las cosas mientras que nada ni nadie lo abarca.

En un intento de definición de la palabra en sí -atendiendo a su significado léxico y sin pretender que valga definitivamente para Allah, pues no es todo lo radical que debería ser-, se nos dice que Quddûs es aquél que no puede ser descrito comparándolo con nada que los sentidos físicos o la imaginación o la razón puedan captar. Según esto, Su realidad no puede representársela la imaginación; la ilusión o la fantasía no llegan a acercársele, la conciencia no lo comprende, la reflexión no lo abarca. Escapa siempre a todo intento de delimitación. No hay fronteras para Su profundidad ni barreras para Su voluntad. Insondable es aquél cuya perfección no puede ser definida de modo alguno porque está mucho más allá de lo que ninguna palabra puede describir

Algunas veces se ha dicho también que Quddûs es el que está libre de defectos, pero esta definición está cerca de ser descortés con Allah, porque negar que en Él haya defecto es como si se dejara entender que pudiera tener alguno. En efecto, hay quienes opinan que es un mérito entender que Allah no se asemeja a nada: que Él no es esencia ni accidente, ni cuerpo ni espíritu, que no tiene color, ni olor, ni sabor, que no está en ninguna parte, ni arriba ni abajo, ni dentro ni fuera, que por Él no pasa el tiempo, que nada que el hombre pueda intuir le hace justicia… creyendo que con ello se está hablando de la inasibilidad de Allah, de Su Majestad incomparable. Pero de un rey no se dice simplemente que “no es un barrendero” o “no es un sastre”, que en lugar de ser una alabanza parecería un insulto; esa no es la definición que corresponde a un rey, y al igual sucede con Allah: no se dice de Él que no tiene defectos, sino que es inimaginable, incomprensible e insondable. Esto alude a Su Perfección sin poner a su lado ninguna comparación que lo antropoformice ni ninguna negación que lo reduzca a la simple nada. Esta observación ya la hizo el Imâm al-Gazâli, para quien Allah, en Su Secreto, es pura afirmación de Sí Mismo, y ahí no pueden hacerse negaciones tales como “Él no es tal cosa”: Él es Allah en Su Quds, en Su Verdad ininteligible para el entendimiento humano, pura positividad para la que, simplemente, no hay palabras humanas.

Por eso decimos que al-Quddûs es el que está privado de toda descripción, incluso de las perfecciones que el hombre pueda imaginar, y está privado de toda negación: ahí sólo está Él, al margen de todo lo que el hombre quiera decir, afirmando o negando. Él está Exento (Munaççah): es el radicalmente Puro en la hondura infinita de Su Verdad Insondable. Y es porque el ser humano primero se analiza a sí mismo y acaba considerando que lo mejor que hay en él es su capacidad para conocer, su poder para elegir, su oído, su visión, su palabra, su voluntad, etc., y considera que todo ello son perfecciones del ser que también atribuye a su Creador. En segundo lugar, encuentra en sí mismo defectos y carencias, como su ignorancia, su incapacidad para realizar ciertas cosas, su sordera, su mudez, su ceguera, y los considera defectos que niega en su Creador. Es así cómo imagina a su Señor, atribuyéndole en grado sumo sus propias perfecciones y negándole sus carencias. Pero Allah está mucho más allá de las plenitudes y de los defectos que pueda haber en la creación.

En sí, Allah es Quddûs, y es Insondable en lo que Él es, y no hay perfección ni plenitud que le hagan justicia, porque está infinitamente por encima de lo que el hombre pueda adivinar. Creador de todas las cosas, de las perfecciones y de los defectos, Él es anterior a todo ello. Y si no fuera porque Él mismo nos ha autorizado a utilizar ciertos términos para describirlo (como decir que Él tiene Voluntad, Ciencia, oye, habla, escucha, etc.), todos serían inapropiados para Él. Por tanto, en todas esas descripciones autorizadas por la Revelación hay que tener en cuenta la regla según la cual son insuficientes para abarcar a Allah, y sirven exclusivamente de acercamiento a Él.

Llamamos Quds a ese ‘recinto de Su intimidad’ 1 en el que Allah es incomprensible, inabarcable, insondable, pero positivo y afirmado, Realidad inimaginable pero consistente. Es el secreto de Su Verdad. Quds es Su Espacio -sólo por decirlo de alguna manera-, es ahí donde todo lo relacionado con Él es inefable, inaprensible, misterioso por su hondura, abismal en sus connotaciones, inasequible al entendimiento, indescifrable por el pensamiento. Decimos que ha accedido al Quds de Allah la persona que ha sido deslumbrada por la significación más profunda de Allah. Es la persona que ha retirado el velo de las convenciones intelectuales que limitan a la mayor parte de los hombres y descubre que no hay palabras que describan a Allah, que no hay imágenes que retraten Su pureza, ni adjetivos que hagan justicia a Su esplendor, ni pensamientos que encierren Su totalidad, ni sentimientos que sean suficientes para intuirlo. Es la morada del perplejo ante su Señor. Su éxtasis es el servicio que rinde a esa Verdad que lo subyuga, su admiración es el tributo que rinde al Inimaginable, el Insondable, el Quddûs. Y la sabiduría que ahí se desborda sobre esa persona es pura luz, que se materializa en un conocimiento de la realidad profunda de las cosas y de los acontecimientos. Quien ha tenido la fortuna de penetrar en el Quds, vuelve al mundo de los sentidos convertido en sabio, en alguien que sintoniza fácilmente con las verdades esenciales de todo cuanto le rodea.

Estas son, pues, las exigencias y los frutos de este Nombre. Por un lado, demanda al musulmán ensimismarse en el Infinito, no para atraparlo, sino para quedar deslumbrado por Él. Y luego, traerse a este mundo esa experiencia para adivinarla en el trasfondo de todas las realidades. Ese Infinito inexpresable está en la raíz y en la fuerza de las cosas.

* El Quds del hombre, el recinto de su insondabilidad, está en alcanzar un grado en el que su voluntad y su saber estén libre de condicionantes. Se asemeja a al-Quddûs es que libera su voluntad de apegos groseros y libera su reflexión de materialidad. Se reviste con esa noble cualidad el que ensimisma su entendimiento y hunde su ser en las verdades más descarnadas, quien consagra su reflexión a las ideas más nobles, a los pensamientos más alejados del interés, de la superficialidad y la grosería. Es el que se desata por completo del mundo y sitúa su universo interior más allá de toda corrupción. El que enraíza su corazón en la órbita de los Malâika, distanciándose de la materia, se acerca a la sutilidad del Quds, donde no hay ni perfecciones ni defectos que la mente humana pueda determinar, sino pura eternidad e infinitud anterior a toda existencia concreta.

Suele decirse que ello se logra gobernando la voluntad aviniéndola a la Sharî‘a, de modo que todo lo que haga o deje de hacer el musulmán sea conforme a la Voluntad de Allah expresada en la Ley revelada. Para ello necesita de dos ciencias, el Fiqh y el Tasawwuf, es decir, el Derecho y la Vía espiritual. Con esas dos herramientas hace que su voluntad se emancipe de todo egoísmo. Y logra emancipar su pensamiento guiándolo bajo las directrices de otra ciencia, el Kalâm, o Discurso sobre las verdades fundamentales del Islam, que es pura abstracción que sumerge su reflexión en lo insondable.

Ese es el ‘Abd al-Quddûs, el Servidor del Insondable, el que ha sumergido su ser en el Ser de su Señor, y ha rebasado todos los límites, el que ha superado los obstáculos que atan a los hombres, los que ponen fronteras a sus aspiraciones.

 

Nota

1. Quds es el nombre que recibe en árabe Jerusalén, por los acontecimientos sobrenaturales que han tenido lugar en ella.

 

Islam

“El Islam es la transmisión de una forma de vida que representa un arquetipo humano liberado del ego”

Abdal-Hakim Murad – Rihla 2011 

El propósito del Islam es enseñar unidad a lo seres humanos y comienza con el reconocimiento de la unicidad de nuestro Señor. La unicidad de Dios no sólo se refleja en los lazos que nos relacionan con toda la comunidad humana en tanto hijos e hijas de Adán y Eva, sino también con el resto de la existencia.

Todas las religiones comienzan con una experiencia y cuando el profeta Muhammad –que Dios lo bendiga y le dé una paz perfecta-  presentó al mundo una fórmula de monoteísmo, simple, tersa y embriagante no actuó como un teólogo, sino como un profeta en presencia de lo Divino, en completa comunión con la revelación. Algunos de los que estaban a su alrededor respondieron, no tenían interés en debates oscuros sobre el libre albedrío y el destino, la esencia y las cualidades, los átomos y los accidentes: estaban en presencia de lo Sublime y Dios era su Interés Ultimo. Para ellos esta fue una experiencia  tan real y palpable como el estado de vigilia para la gente común.

Fueron galvanizados por una declaración simple, una afirmación radical que alteró las profundidades de su conciencia: la ilaha illa l-lah. “No hay deidad que merezca ser adorada excepto lo Divino”. Sin embargo, estas palabras en sí mismas, no contienen una ideología dogmática. No dan una información, sino que describen el estado de una persona. La palabra árabe para esta persona es muwahhid que se podría traducir como “unitario”, excepto que en árabe es un participio activo, un agente que unifica.

La primera generación de musulmanes, que la asimilaron directamente del profeta –que Dios le bendiga y le dé una paz perfecta- entendió esta fórmula radical de monoteísmo como una renovación del antiguo monoteísmo de Abraham y como un correctivo de los desajustes que el tiempo había agregado a las dos dispensas abrahámicas previas.

 El Qur’an no intenta probar la existencia de Dios, nos recuerda la unicidad de lo Divino reflejada en el cosmos a través de la presencia manifiesta del equilibrio y la ausencia del caos.

La palabra Islam puede ser traducida como “sumisión”. En árabe es la suma de ideas como paz, salud y regeneración. Está en conexión con el concepto de fitra, que significa “naturaleza primordial”, “disposición innata”. La palabra fitra deriva de fatara: “abrir”. Significa también el reemplazo o sustitución de una condición previa por una nueva condición, de una entidad no existente en la realidad y la corporalidad de una forma o apariencia. Es por eso que en el Qur’an  a la creación de los seres humanos se la denomina “fitra”.

En el caso del ser humano, la fitra es relegada por el desarrollo de la conciencia de uno mismo: el ego y por los condicionamientos del entorno,  a eso se refiere el hadith del profeta –que Allah lo bendiga y le dé una paz perfecta- “Ningún niño nace fuera de la fitra, (en sumisión, en islam) luego los padres lo hacen judío, cristiano, o zoroastriano…” (al-Bukhari, p.240, no.1385).

El Islam consiste en la recuperación de nuestra naturaleza innata, alzándola a realidad consciente.

Al contrario de las connotaciones negativas que actualmente tiene en el uso común de muchas lenguas, el significado de sumisión en lo que se refiere al islam es “el acto de reconocer la unicidad de Dios” (tawhid). Esta sumisión es expresada externamente al testimoniar libre y abiertamente que no hay más deidad que Dios, aunque sólo es su manifestación más elemental, el primer paso hacia la unificación interior.

 Asociar otros a Dios es negar su unicidad o adorar falsos ídolos. Los ídolos que los humanos adoran son muchos y diversos, pero de hecho, los obstáculos más grandes son nuestros “ídolos internos”. Dios advierte en el Qur’an“¿Habéis visto a aquel que ha tomado sus propias pasiones como deidad?” (25.43).

Las personas que practican la religión del islam son conocidas como musulmanes. La palabra musulmán puede ser traducida como “aquel que se somete”.

Los musulmanes creen que la última de las revelaciones de Dios a la humanidad es el Qur´an, el que fue revelado por Dios a través del ángel Gabriel –la paz sea con él- al profeta Muhammad –que Dios le bendiga y le dé una paz perfecta-, durante un período de veintitrés años (610-623 E.C). La creencia en el estatus de profeta de Muhammad (y por extensión de la coherencia de la revelación coránica) es afirmada en la segunda parte del testimonio de fe: “y doy testimonio de que Muhammad es el mensajero de Dios”. Para los musulmanes, el texto del Qur’an es la palabra eterna e inmutable de Dios que ha sido preservada en su forma y lenguaje original durante más de mil cuatrocientos años.

Como explica el Hadith de Gabriel, la forma en la que nos sometemos está determinada en las  acciones ordenadas por Dios. Estas formas exteriores son conocidas como los cinco pilares del Islam: shahada, salat, zakat, sawm y hajj, representan la dimensión horizontal de la religión, lo que los musulmanes hacen. Son medios para conectarnos con nuestra verdadera naturaleza, centran y purifican el alma humana preparándola para el otro mundo al infundir el recuerdo de Dios en el ritmo diario, semanal y anual de la vida.

 Shahada – El testimonio de fe

 “ash hadu anna la ilaha illa lah, wa ash hadu anna Muhammadan rasulullah”

 “Testifico que no hay deidad, excepto Dios y doy testimonio de que Muhammad es el mensajero de Dios”. Es la afirmación y el testimonio de fe formulada con el corazón y el intelecto de forma libre y pública. Es el fundamento, el eje y la determinación de “ser musulmán”.

Salat – La oración

Después de la shahada, la oración es el más importante de los cinco pilares, tiene unas condiciones, un procedimiento y un tiempo prescritos.  Las oraciones marcan el ritmo de la vida del musulmán, todas ellas son pausas en la vida cotidiana. El riesgo más grande para un creyente una vez que ha pronunciado la shahada, es el olvido y la negligencia, hasta el punto de hacer su relación con Dios un hecho anexo, secundario y marginal. Todos los musulmanes que hayan llegado a la pubertad están obligados a rezar cinco veces al día, aunque las mujeres están exentas durante la menstruación. El salat está prescrito en cinco momentos del día que se miden de acuerdo con el movimiento del sol: un poco antes de la madrugada (fajr), justo después del mediodía (dhuhr), a la tarde (‘asr), poco después del atardecer (magrib) y por la noche (isha’a).

Cada oración tiene ciertos números de ciclos –rakaat- asignados: dos para el fajr, cuatro para dhuhr, cuatro para el ‘asr, tres para el magrib y cuatro para el isha’a. El salat consiste en la repetición de dos o más unidades de una secuencia de movimientos corporales y de palabras. Durante la oración se recitan partes del Qur’an, siendo la surah  Al-Fatiha (la apertura)  obligatoria en cada rakaat.

La forma de rezar se adoptó a partir del modelo establecido por el profeta “Rezad como me habéis visto rezar”, que a su vez le fue transmitida por el arcángel Gabriel.

Para rezar es necesario estar en estado de pureza ritual y un lugar que esté limpio. Hay una ablución menor –wudu- en las que se lavan las manos, la cara, los brazos, la cabeza y los pies y una ablución mayor –ghusul- en la que se lava todo el cuerpo. La purificación ritual es parte de la oración, reestablece la armonía entre el cuerpo, el alma y el espíritu y marca el pasaje a un rito sagrado. El viernes, es un día especial para los musulmanes: el jum’a que significa literalmente “el día de la reunión”. La oración del mediodía es reemplazada por una oración en congregación especial más corta que termina con un sermón (jutba). La asistencia es obligatoria para todos los musulmanes varones mayores de edad y responsables legalmente que vivan a una distancia razonable de la mezquita.

Originalmente los musulmanes rezaban orientándose a Jerusalén pero más tarde se orientaron a la Kaaba como indicación de la nueva dirección del mensaje de Abraham.

Zakat – El impuesto de purificación

La palabra zakat expresa literalmente la idea de purificación. Es un impuesto que tiene una función social, porque está directamente orientado al sostén de los pobres, de los necesitados y de los viajeros. El zakat es un estímulo a la inversión económica porque afecta al propio capital. Es necesario, por lo tanto producir riqueza. El zakat genera en el ser humano la conciencia de ser un miembro forzosamente solidario de la sociedad. En su esencia es un instrumento para desarrollar la autonomía de las personas con menos recursos. Mantener la justicia económica es una responsabilidad que nos ha confiado el Qur’an. No se debe confundir con los impuestos estatales ni con la limosna o la caridad. Si las necesidades de la población están cubiertas el zakat pude ser utilizado en proyectos de bien público. El impuesto de purificación equivale al 2,5% de los bienes, una vez que se hayan cubierto las propias necesidades. En la época del profeta (saws) una institución conocida con el nombre de Bait al-mal, literalmente “la casa de las finanzas”, recolectaba el zakat. Actualmente la colecta es organizada y gestionada por los asociaciones locales o las mezquitas. Algunos prefieren darlo en mano, lo cual es legalmente posible porque es un acto que depende de la conciencia. Sin embargo, es necesario evitar actuar con ligereza, sobretodo porque se trata de un derecho que tienen los pobres sobre nuestra riqueza.

De hecho, el zakat es nuestra deuda con Dios, ya que El nos ha prestado nuestras posesiones, pagarlo es una manera de reconocer que nada nos pertenece realmente. Así como el salat purifica nuestro tiempo, el zakat purifica nuestras posesiones.

Sawm – El ayuno

Este ayuno colectivo se realiza durante el mes en que fue revelado el Qur’an, el mes de Ramadán. Es un mes de ruptura con lo cotidiano. Exige un despertar de la espiritualidad y una conciencia de la presencia de Dios. Es la voluntad del musulmán de tomar distancia del mundo para acercarse al Creador de los mundos. Esta dimensión espiritual es fundamental, es una expresión íntima de la verticalidad. Sin embargo, la dimensión horizontal está presente como el complemento indispensable para que el que ayuna entre en una especie de comunión con los pobres de la tierra. Sin beber y sin comer, se lo anima a dar, a compartir y a participar en la vida comunitaria. La privación del cuerpo es la revivificación de la energía espiritual. El versículo coránico que habla sobre el ayuno lo inscribe en la historia de los profetas como una expresión de fidelidad a todos los mensajes precedentes: “Oh, vosotros que habéis llegado a creer, el ayuno os está prescrito como le fue prescrito a aquellos que os han precedido”. Ya que el Ramadán se basa en un calendario lunar cada treinta y tres años se habrá ayunado en todas las estaciones.

El ayuno sólo es obligatorio para los musulmanes y musulmanas que hayan alcanzado la pubertad y sean legalmente responsables, la gente mayor está excusada. Las mujeres durante la menstruación, durante el embarazo o durante la lactancia también están excusadas, así como los enfermos y los que están de viaje, aunque deberán recuperar los días que han perdido a su propia discreción. Si alguien está imposibilitado de ayunar debido a problemas de salud permanentes puede compensarlo dando dinero o comida a alguien que lo necesite.

Durante este mes los musulmanes intensifican sus actos de devoción y se reúnen a menudo a recitar el Qur’an y a hacer oraciones voluntarias en la mezquita. El Qur’an se compone de 30 partes (yuz) y sesenta medias (hizb). Muchos intentan leer una parte del Qur’an cada noche para terminarlo al final del mes. Siguiendo la sunna del profeta Muhammad algunas personas hacen un retiro (‘itikaf) en la mezquita durante los últimos diez días de Ramadán.

El punto culminante del Ramadán es la Noche del Poder o Noche del Destino (laylat al qadr), la noche en que se reveló el Qur’an y en la que los ángeles bajan con bendiciones hasta el alba.

En muchos aspectos, el ayuno es a la vez el más elevado y el más privado de los pilares del islam, porque la experiencia es entre Dios y la persona que ayuna.

 Hajj – La peregrinación

Este rito anual, que sólo incumbe a aquellos que tienen la salud y los medios financieros para hacerlo, traza sus pasos hasta Abraham quien junto con su hijo Ismael construyeron el santuario cúbico (Kaaba) en la Meca donde había sido edificado originalmente por Adam. Cuando el profeta Muhammad enseñó a los musulmanes cómo hacer el hajj, les recordó constantemente que era “una tradición de Abraham”. La primera enseñanza de la peregrinación es sobre la unión, la unión de la umma como comunidad de creyentes en una visión de igualdad. Mientras que el ayuno es el más privado de los ritos religiosos, el peregrinaje es el más público. Al haber actualmente más de 1 billón de musulmanes y como el hajj sólo puede hacerse durante los primeros diez días del último mes del calendario musulmán (Dhu’l Hijjah), la multitud de peregrinos es abrumadora.

El peregrino (hajji) debe ponerse dos piezas de tela blanca (ihram) que a menudo se guardan para ser usadas como mortaja (la mujer no necesita una vestimenta especial). Esta vestimenta sencilla refleja nuestra verdadera posición ante Dios, donde el rey y el campesino, el rico y el pobre ya no se diferencian por su ropa o sus accesorios. El estado de ihram que tiene también otras características y condiciones, es en cierto sentido regresar al estado natural y prepararse para estar delante de Dios.

El más conocido de los ritos es la circunvalación a la Kaaba, que también se realiza en otras épocas fuera del hajj, como en la umra’ peregrinación menor. Este movimiento en sentido contrario a las agujas del reloj simboliza la armoniosa integración de todas nuestras aspiraciones mientras giran alrededor del corazón, el que se lo compara con la Kaaba interna, porque también es la casa de Dios.

El punto culminante del hajj es el Día de la Expiación en la llanura de Arafat, que está a  aproximadamente siete kilómetros de la Meca. Es un día para la reflexión en el que todos los peregrinos se reúnen en un mismo lugar. En realidad, si se hace con la intención correcta es una especie de renacimiento porque el peregrino es purificado de todas sus faltas y regresado a su estado natural. Además de purificar al individuo, el hajj tiene un tremendo significado social porque no sólo se reúnen el rico y el pobre, el famoso y el desconocido como si fueran uno, sino que también lo hace gente de todas las razas y culturas en sumisión a Dios, quien los ha creado a todos ellos.

 Bibliografía:

 “Sumisión, Fe y Belleza: la religión del Islam”- Dr. J. Lumbard

Introducción al “Credo del Imam Tahawi” – Sheij Hamza Yusuf Hanson

“Qué es Allah para los musulmanes”, Prof. Abdurrahman Mohamed Manaan

“Islam”, Dr. Tariq Ramadan